𝑳𝑼𝑽𝑰𝑵𝑨
»—Yo me vuelvo —nos dijo.
»—Espera, ¿no vas a dejar sestear tus animales? Están muy aporreados.
»—Aquí se fregarían más —nos dijo—. Mejor me vuelvo.
»Y se fue, dejándose caer por la cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en los brazos. En medio de aquel lugar donde sólo se oía el viento…
Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
Entonces yo le pregunté a mi mujer:
»—¿En qué país estamos, Agripina?
»Y ella se alzó de hombros.
»—Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos —le dije.
Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
»—¿Qué haces aquí, Agripina?
»—Entré a rezar —nos dijo.
»—¿Para qué? —le pregunté yo.
»Y ella se alzó de hombros.
»Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como por un cedazo.
»—¿Dónde está la fonda?
»—No hay ninguna fonda.
»—¿Y el mesón?
»—No hay ningún mesón.
»—¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí?
—le pregunté.
»—Sí, allí enfrente… Unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran… Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de sus ojos… Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer… Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
»—¿Por qué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
»—Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
»—¿Qué país es éste, Agripina?
»Y ella volvió a alzarse de hombros.
"Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar por encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir por los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis; unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber que hacer.
Poco antes del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada.
Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
"-Qué es? -me dijo.
"-Que es qué? -le pregunté.
"-Eso, el ruido ese.
"-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
Pero al rato lo oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
"-Qué quieren? -les pregunté-. Qué buscan a estas horas?
"Una de ellas respondió:
"- Vamos por agua.
" Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros."
"No se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina."
—¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! —
"...No cree usted que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo."
📖 𝓔𝓵 𝓵𝓵𝓪𝓷𝓸 𝓮𝓷 𝓵𝓵𝓪𝓶𝓪𝓼. (𝓛𝓾𝓿𝓲𝓷𝓪)
🖋️𝓙𝓾𝓪𝓷 𝓡𝓾𝓵𝓯𝓸. 🍂
📸 𝑱𝒐𝒔é 𝑶𝒓𝒕𝒊𝒛 𝑬𝒄𝒉𝒂𝒈ü𝒆

Comentarios
Publicar un comentario