𝐂𝐋𝐄𝐎𝐓𝐈𝐋𝐃𝐄



 ~𝐂𝐋𝐄𝐎𝐓𝐈𝐋𝐃𝐄~

(đ‘±đ’–đ’‚đ’ đ‘č𝒖𝒍𝒇𝒐)

Ya estaba todo ampollado de amarguras; ella las borrĂł con sĂłlo mirarme y dejar que yo la viera. volverse loco y perder el habla de repente. Esto tuvo que causarme buen efecto. Es lo que yo pienso.

Uno ha estado siempre solo. A uno se le ha muerto su gente desde hace tiempo y ha caminado por el mundo deshaciéndose como se deshace en el aire una lagrimita de nube. uno le falta para tener alientos, y de pronto aparece con sus agujeritos en los brazos;

Miro a la pared desde hace un rato y pienso en lo que acabo de contarles y pienso también en la manera de arreglårmelas para que ella, mi tía Cecilia, estuviera viva. no llegué a conocer; ni mi madre tampoco, nadie mås. En la pared sólo hay descarapeladuras y manchas de alguna cosa que alguien tiró ahí hace mucho tiempo.

Adonde no quiero mirar es al techo, porque en el techo, atravesando las vigas, sĂ­ que hay alguien vivo. Sobre todo en la noche, cuando prendo un cabito de vela, aquella sombra que hay en el techo se mueve. No se crea que es una figuraciĂłn mĂ­a o que es algo que no conozco: es la figura de Cleotilde.

Cleotilde también estå muerta; pero no bien a bien. A Cleotilde yo la mate, sin embargo. Yo sé que todo lo que uno mata, mientras uno siga vivo, sigue viviendo.

Hace casi ocho días que yo maté a Cleotilde. Le di muchos golpes en la cabeza, grandes y duros golpes, hasta que se quedó quietecita. No es que yo le guardara tanto rencor como para matarla: pero un momento de coraje es un momento de coraje y en eso estuvo todo.

Ella se murió. Después sí me entró rencor en contra de ella por eso, por haber muerto. Ahora ella me persigue. Ahí estå su sombra, arriba de mi cabeza; despellejado.

Yo no sé exactamente dónde tiene ahora los ojos; pero me imagino que me estå mirando no sólo con los ojos, sino con cada partecita de su sombra y, a veces, me parece que todavía destila sangre, porque yo he as gotas de negra caer su cabeza, como si alguien le estuviera exprimiendo los cabellos.

Cleotilde tenĂ­a unos cabellos muy bonitos y bien alisados. En ocasiones yo sueño estar acostado aĂșn con ella, y tener escondida mi cara en aquellos cabellos tan lisitos que me hacĂ­an olvidar todas las cosas. quisiera, con tal de que me dejara sus cabellos para escapar la cara y remojar mis manos en aquella agua blandita que parecĂ­an ser.

Con todo, sucediĂł asĂ­. Mientras estaba conmigo yo tenĂ­a lo que mĂĄs me gustaba, pero a Ășltimas fechas, ella no se dejaba ver sino de tarde en tarde ya irse volteando ya la madrugada; de todos los sabores que haya conocido.

Luego la mate. Me ha sobrado tiempo para arrestirme: ocho dĂ­as y ocho noches que tengo de estar sin dormir y en los cuales pudiera haberme arrestado otras tantas veces.

Pero resulta que me acuerdo de ese dĂ­a muy seguido. , cuando yo quise acariciarle los cabellos y ella se enojĂł.

De eso es de lo que me acuerdo. Ah!

Sin embargo, a pesar de que iba para cuatro meses que no dormĂ­a conmigo, y que no tenĂ­a ningĂșn derecho para enojarse, ella se enojĂł: se puso como una avispa al pedirle yo que se acostara a mi lado. necesitara. 

Yo dije:

Eres un muladar de babas!

Entonces yo me sequé la boca en una punta de la såbana.

Cochino! Tu tĂ­a Cecilia debiĂł criarte entre sus verijas- terminĂł por decir.Y luego me apretĂł sus palabras con un manazo que me dio en las narices.

Sus palabras ahĂ­ se quedaron un buen rato quietas, embarradas en mi cara. ¿Por quĂ© dijo algo sobre mi tĂ­a Cecilia? ¿QuĂ© le habĂ­a hecho mi tĂ­a Cecilia para que hablara asĂ­ de ella? ¿eh? ¿QuĂ© le habĂ­a hecho?

¡Loco! -me gritĂł-. Destripador de muertos!

Yo anduve dos o tres pasos.VolvĂ­ a la cama y via a Cleotilde de cerquita. ¿HabĂ­a dicho que mi tĂ­a Cecilia era esto y aquello? ¿QuiĂ©n era Cleotilde para hablar mal de mi tĂ­a Cecilia? Acaso no sabia...?

Tomé a Cleotilde por los cabellos y se le soltó la furia.

¡DĂ©jame, loco condenado!

Pero yo ya la había agarrado con mis dos manos. La eché fuera de la cama. Estaba vestida como para ir de visita. Sólo sus pies los traía descalzos. Oí cómo sus pies rebotaban contra el suelo al caer parejos. Verijas! Hasta dónde quiso llegar con decir eso?

TomĂ© el tubo con que atrancĂĄbamos nuestra puerta y lo sacudĂ­ en la cabeza de Cleotilde. Ella se doblĂł como una silla rota: "¡Pobrecita de mĂ­!", alcanzĂł a decir con una voz medio entumecida.

Después ya no supe por qué seguí golpeåndola. Veía el tubo que bajaba y subía como una cosa que no estaba en mis manos. Veía mis manos empuñadas, con las venas hinchadas y enmorecidas de sangre. Cabeza de Cleotilde me salpicaba los ojos y me enceguecía .

Cuando el coraje se acomodĂł de nuevo en sus lugares y volvĂ­ a ver evidente todo a mi alrededor, ya Cleotilde estaba muerta.

Entonces me di cuenta de lo delgadita que tenía ella la vida y el poco trabajo que a mí me había costado quebrårsela. Nunca pensé que fuera tan fåcil matar a la gente. brazos caídos y con el cuerpo flojo, como si todito se le hubiera deshilachado .

Nunca me figuré tanta facilidad para morirse. Yo no quería que las cosas siguieran así. Podía comprender lo que iría a suceder andando el tiempo. Ya se lo había dicho yo alguna vez.

Aquella vez hablé muy a lo cortito.con palabras suaves, casi como platicando para que no se me fuera a enojar.

-Mira. Cleotilde, yo ya soy viejo. A mĂ­ no sabes lo mucho que me gusta la forma como manejas esa voluntad que tienes para hacer las cosas. Verdaderamente no te cabe en la cabeza lo que a mĂ­ me gusta. Sin embargo, tĂș no quieres hacerme ni ese favor.vas con los otros. Crees que no sĂ© adonde vas cuando te desapareces toda la noche? Lo sĂ© bien, Cleotilde. Has estado en tal y tal parte, con tal y tal hombre. que Ă©l le sabe hacer con la lengua, y te he visto tambiĂ©n con Florencio, el que alquila cilindros. con muchos mĂĄs que casi no sĂ© ni quiĂ©nes son. ¿Verdad que nunca te he reclamado nada? Cuando pensĂł en hacerlo, me dijo: "Al chayote no se le puede reclamar porque dĂ© chayĂłtes llenos de gusanos". ¿quĂ© sacarĂ­a yo con regañarte? ¿ ¿quĂ© sacarĂ­a yo con regañarte? ¿ ¿quĂ© sacarĂ­a yo con regañarte?

Le seguĂ­ diciendo otras cosas. Hubo un rato en que hasta me pareciĂł decirle que no me importaba que se refocilara con los demĂĄs, ni que se acordara de ellos mientras estuviera abrazada conmigo. atarugado el entendimiento. Y es que yo la querĂ­a. Bien podĂ­a verse a leguas lo mucho que yo querĂ­a a Cleotilde. Con todo, esa vez le prometĂ­ apaciguarla si no se corregĂ­a. ustedes ven; mi intenciĂłn fue encaminarle la voluntad para que ella se corrigiera por sĂ­ misma. Pero no se corrigiĂł. a mirar la salida del sol desde su cama.que no era suficiente para calentarla sin ella.

Los primeros dĂ­as yo me conformaba con oĂ­r sus pasos. AbrĂ­a los ojos y me quedaba quieto y sin respirar, esperando oĂ­r aquel irse arrimando de sus pisadas. Me conformaba con eso. , sin ponerse encima mĂĄs nada que sus brazos. Luego se dormĂ­a. A mis ojos se les iba el sueño de puro ver el sueño aquel de Cleotilde: de verlo caminar por sus rodillas; acercĂĄndose a su vientre y aplacĂĄndolo; verlo subir por en medio de sus senos y recorrĂ©rselos suavemente para dormirlos: en seguida. sacĂĄndole lo cansado.alumbrĂĄndome con esa luz azulita del amanecer y me conformaba con eso. Hubiera querido, a veces, tomarle una de sus manos y quedarme con ella para siempre; pero era difĂ­cil. harta de manoseo y de todo lo demĂĄs. "¡Ponte en juicio' ", me decĂ­a. "¡Estoy hasta aquĂ­" Y se señalaba el cogote.

Ella acababa de llegar de con Pedro o de con otro fulano. Yo entonces, no la tocaba. Me la comĂ­a con los ojos, pero escondĂ­a mis manos para que no sucediera a tentalear por su cuenta; si alguna no aguantara el chincual de tentar aquel cuerpo azul que estaba a mi lado.

En estos Ășltimos tiempos no apareciĂł por ahĂ­ esas ganas. ParecĂ­a tener pechiche y atiriciado el ĂĄnimo. Y es que Pedro o algĂșn otro con quien habĂ­a pasado la noche, la dejaban inservible.

Me causa mucho trabajo enojarme ahora por no haberme enojado entonces de lo que Cleotilde me hacia. Ella no calculĂł lo desdichado que yo era al no hacerme caso. llenos de amor, pero sin mirar nada, y luego, arrimarme al desnudo calor de su cuerpo , como si tratara de encorajinar mĂĄs mis malas intenciones.

No te me arrimes' -me decía con su lengua hecha una bola de sueño.

Ella me utilizĂł a hacer algo malo. Y lo hice. Hace ocho dĂ­as que la mate. TomĂ© el tubo con que atrancĂĄbamos la puerta y se lo sorrajĂ© en la cabeza a puros golpes. cerca y al verla en el estado en que estaba, llorĂ© Ella tambiĂ©n ha de haber llorado, porque me acuerdo muy bien de que saquĂ© mi pañuelo para limpiarle las lĂĄgrimas que salĂ­an a puños de sus ojos. 


(Este texto fue publicado en el libro Los cuadernos de Juan Rulfo, y formĂł parte del capĂ­tulo 2, titulado "Camino a la novela", donde se recogen manuscritos inconclusos de Rulfo.)

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