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Detr谩s de la vidriera de un escaparate, la pluma de oro y la de acero esperaban qui茅n las comprase. La pluma de oro descansaba indolente en un rico estuche que aumentaba sus encantos; la pluma de acero confirmaba su modestia en el fondo de una cajita de cart贸n. Los transe煤ntes, pobres y ricos, viejos y j贸venes, pasaban y repasaban por el escaparate lanzando miradas codiciosas sobre la pluma de oro; ni una mirada para la de acero. El sol quebraba sus rayos sobre la pluma de oro, que brillaba con destellos de ascua en su lecho de felpa; pero era impotente para imprimir siquiera una d茅bil nota de belleza a la obscura pluma proletaria. Viendo con l谩stima a su hermana pobre, la pluma rica dijo:

            

—¡Pobre sarnosa!, aprende a ser admirada.

            

Acostumbrada la pluma proletaria a las grandes luchas de los verdaderos ideales, crey贸 oportuno no contestar aquella necedad.

            

Envalentonada la pluma burguesa por el silencio de la pluma humilde, dijo:

            

—¿Qu茅 no dar铆as, ¡mugrosa!, por parecerte a m铆, por ser una pluma de oro?— Y brill贸 en su felpa como una estrella en el raso del cielo.

            

La pluma proletaria no pudo reprimir una sonrisa, que, montando en c贸lera a la pluma burguesa, la hizo prorrumpir en desatinos parecidos a estos:

            

—Tu sonrisa es la sonrisa de la impotencia. Me das l谩stima. ¿Qu茅 dar铆as por firmar, como yo, 贸rdenes bancarias por millones y millones de d贸lares? Yo ocupo un puesto de honor en los escritorios de caoba y de cedro. El elegante escritor palaciego firma sus art铆culos conmigo; el ministro autoriza, por medio de m铆, documentos de importancia suma para la naci贸n; el presidente calza sus decretos con una firma que s贸lo yo debo trazar; la guerra no es declarada sin que una mano augusta me tome entre sus dedos y me haga fijar en el papel su firma soberana; la paz no se pacta con ti帽osas plumas de acero: deben ser de oro, y con pluma de oro traza el joven arist贸crata sus frases de amor a la dama de gran tono.

           

 La paciencia tiene sus l铆mites hasta en una pluma de acero; as铆 que la pluma modesta, desde el fondo de su cajita de cart贸n, alz贸 su voz limpia, sincera, y grande, para decir:

           

 —Entre todas las cosas, la pluma es grande porque ella hace posible que el pensamiento de un gran cerebro se liberte de la c谩rcel del cr谩neo, para ir a sacudir otros cerebros que dormitan encerrados en otros cr谩neos y hacerles dar la hospitalidad, franquearle la entrada, como se debe abrir las puertas y proporcionarle alojamiento a todo aquel que trae luz, esperanza, fuerza… 

Pero t煤, ¡pluma vanidosa!, eres la deshonra de nuestra especie; yo quebrar铆a mis puntos mejor que prestarme a trazar la firma que debe calzar una orden bancaria por miles de millones de d贸lares, pues una orden tal es el resultado de un pacto habido entre bandidos. Mi lugar no es el escritorio de caoba; pero prefiero la mesa de pino, sobre la cual el literato del pueblo traza las frases robustas que anuncian al mundo una era de libertad y de justicia. Soy la pluma de la plebe, y como ella, fuerte y sincera. No me toca el ministro para calzar documentos que sancionan la explotaci贸n y la tiran铆a, ni el presidente me empu帽a para autorizar las leyes que ordenan la esclavitud y el tormento de los humildes, ni ordeno guerras criminales, ni pacto paces humillantes. Pero cuando el pensador me toca entre sus dedos creadores; cuando el poeta y el sabio me tocan con sus manos fecundas y el anarquista me hace estampar en las blancas cuartillas sus pensamientos blancos como es la idea casta, siento que mis mol茅culas tiemblan de emoci贸n, de una emoci贸n pura, fuerte, sana, y eso es mi placer, porque, humilde como soy, yo muevo el mundo del talento, de la sinceridad, del honor. 

Mi fuerza es inmensa, mi influencia es gigantesca; cuando el escritor proletario me toma entre sus manos, el tirano tiembla, se sobrecoge el cl茅rigo, palidece el burgu茅s; pero la libertad sonr铆e con sonrisa de aurora; el oprimido sue帽a con un mundo mejor, y la mano valiente acaricia nerviosa el arma vengadora y redentora. En mi cajita de cart贸n me siento grande y noble. Tan humilde como me ves, muevo pueblos, derribo tronos, desquicio catedrales, humillo dioses; soy luz para las tinieblas del cerebro; soy clar铆n que convoca a generala a los humildes para convertirlos en soberbios, y sueno a somat茅n para reunir a los bravos en la trinchera y convocar a los HOMBRES a la barricada. T煤 sirves para calzar el decreto del tirano; yo, para calzar la proclama del rebelde. T煤 oprimes; yo liberto...

            

El estr茅pito del motor de un autom贸vil, que par贸 frente a la tienda, impidi贸 que se escuchase el resto del simp谩tico discurso de la pluma proletaria...


-1 Regeneraci贸n, 4ta. 茅poca, n煤m. 212, 13 de noviembre de 1915; p. 2.


✍️ : Ricardo Flores Mag贸n.✨

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